LA BOLA NEGRA, de Javier Calvo y Javier Ambrossi

No quiero permitir que tratar de comprender la sensación que me causó ayer "LA BOLA NEGRA", explicarla, analizarla, describirla, acabe con el hecho mismo de la sensación. La SENSACIÓN, con mayúsculas, es un torbellino de vivencias pasadas, de vivencias nuevas, de miedos repentinos y felicidades fugaces, descargas de adrenalina, y todo eso en microsegundos. Es imposible describir un torbellino, bastante es ya intentar revivirlo, mientras escribo esto, con un palidísimo recuerdo de lo que fue en realidad.

Suelo desconfiar cuando una película se vende tan intensamente como se nos está vendiendo esta. Desconfié desde el principio, hasta que dos magníficas referencias cinéfilas, por un lado Bea y José Luis (Bea y José Luis Gestión cultural), y por otro Carmenchu de los Zoco de Majadahonda, me hablaron de ella. José Luis en concreto me dijo la frase que me motivó para ir a verla: "Los Javis han cogido una ermita y la han convertido en una catedral".

La vimos ayer, todavía con cierta desconfianza, pero ya desde las primeras escenas supimos que estábamos viviendo algo importante, en algunas escenas concretas incluso sublime. Javier Calvo y Javier Ambrossi han construido un monumento a la sensibilidad, al amor, al dolor por la propia identidad. Y no, no trata sólo de homosexualidad, o de ese "enfoque queer" (que de hecho fue uno de los planteamientos que menos me convencían para ir a verla), sino de algo consustancial a todo ser humano, algo que, tal y como dice Lorca, "España tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos. Hay que arañar la tierra para que salgan": el amor. La fuerza más poderosa de la Humanidad. El amor, sin etiquetas, sin ocultaciones, sin prejuicios. En una sala a rebosar (muchísimo público joven), algunos tuvimos que reprimir las lágrimas en muchas ocasiones, y otros muchos lloraron abiertamente. Los Javis han conseguido hacer una película que sacude todas las almas, porque por encima de cualquier ideología, religión, tendencia sexual, o incluso prejuicio, está ese Ser Humano que todos llevamos dentro, casi siempre oculto, que de vez en cuando sale a la luz gracias a personas como los Javis.

Las referencias cinéfilas son casi continuas. Fellini, los Tarantos, Apocalypse Now, Carros de fuego... Pero los Javis mejoran esas referencias con poesía y con un brutal sentido de la estética. Las escenas en la nieve, en la playa, en ese tablao flamenco previo a la guerra (un plano secuencia para estudiar y ver en bucle una y otra vez), la música, la fotografía, los planos cenitales...Todo ello mezclado con maestría, compone una sinfonía que se disfruta mucho mejor en pantalla grande. Las soberbias interpretaciones de Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Milo Quifes y Carlos González, acompañados de unos secundarios de lujo como Penélope Cruz, Antonio De la Torre, Antonio Dechent, el gigantesco Albert Pla (cuando descubrí que era él me quedé sin habla) o la gran Lola Dueñas, bordando un personaje más que complicado, no pueden dejar indiferente a nadie, a menos que se tenga el alma cauterizada por el odio o los prejuicios. Y qué decir de Glenn Close, ejerciendo de una hispanista que siente más pasión y amor por España que los propios españoles.

El ritmo, la tensión, la trama (las tres tramas convergentes), el misterio del manuscrito, la aparición de Lorca en blanco y negro, hacen de la película un espectáculo que debería ser de obligada visión. Pura poesía convertida en cine, o cine que se transforma en poesía, en música, en ritmo de bulería. Sus dos horas y veinte minutos de duración se pasan en un suspiro.

Al terminar, nos quedamos clavados en la butaca hasta que terminaron los créditos, sin hablar. Después, no hicimos como casi siempre, cuando preguntamos “¿Qué te ha parecido?” o “¿Te ha gustado?”. No. Una mirada nos bastó a los dos para saber lo que había sentido, lo que había vivido el otro. Los ojos lo decían todo. Lágrimas reprimidas, o reales, la sonrisa de satisfacción por haber asistido a lo sublime... Al mirar atrás, más de media sala permanecía también sentada, con la misma mirada que nosotros. Es la mirada del alma a flor de piel, que solamente auténticos magos como los Javis son capaces de conseguir.

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