YO NO MORIRÉ DE AMOR, de Marta Matute

Tengo que reconocer que fui al evento de los Zoco con prejuicios sobre la película, pero también puedo presumir de que mi principal prejuicio es el prejuicio contra mis propios prejuicios. No me fío de ellos, simplemente, y eso me empujó al cine.

En este caso, mi prejuicio estaba justificado a medias. El párrafo publicitario “Claudia y sus hermanos se enfrentan al reto de cuidar a su madre, que padece la enfermedad de Alzheimer. Ella se niega a sacrificar su juventud para convertirse en la cuidadora de su madre” no presagiaba nada bueno. Me monté mi propia película: una entrañable oda al egoísmo, un panfleto moderno a favor de la falta de sentimientos, de la banalidad del ser. Una joven rebelde, violenta, vacía, que danza frenéticamente como la protagonista de “Titane”. Lo de “Ella se niega a sacrificar su juventud para convertirse en la cuidadora de su madre” había desatado mi imaginación, a veces enfermiza, pero siempre llena de cine.

Por suerte, mi película quedó desmontada desde la primera escena de la gran, enorme película de Marta Matute. Alguien comentó en el coloquio posterior que se había sentido “como si viviera con ellos, en su propia casa”, y es verdad. Los encuadres de las habitaciones vacías, con parte del pasillo a los lados, refuerzan una sensación constante de familiaridad con la vivienda de esa familia. Todos hemos vivido en pisos así, con cocinas así, con baños así. En una de las escenas más dramáticas, con Claudia luchando con su madre en el baño, tanto mi pareja como yo tuvimos la sensación de haber estado en ese baño antes. A cada momento, mi pareja, que vivió una situación idéntica, me susurraba al oído “es exactamente así”.

Marta hace cine desde su propia experiencia personal, que es la mejor manera de hacer cine. Sin dramatismo, sin estridencias, sin sentimentalismo barato. Únicamente volcando en la pantalla con honestidad, con fuerza, con rabia y con verdad todo lo vivido con su madre. Quiero pensar, y ella misma lo insinuó en el coloquio, que de alguna manera hacer la película la ayudó a desprenderse de la losa que la vida le había impuesto a ella y a toda su familia. El cine como catarsis, de alguien que ha vivido realmente lo que cuenta, como la literatura o la música, es el cine que más profundamente golpea el alma de quien lo contempla.

Se cuentan muchas cosas en la película. Hay muchos aspectos secundarios, más o menos ocultos por la trama principal, que para mi gusto a veces incluso la superan. Es el caso por ejemplo de la transformación de Claudia, que a medida que pasa el tiempo se va implicando más en el problema sin dejar de lado su vida. Se nota la maduración en poco tiempo, probablemente acelerada por las circunstancias que le ha tocado vivir. No es la misma Claudia la del final que la del principio, gracias en parte a la soberbia actuación de Julia Mascort (muy sorprendente su credibilidad) y en parte al soberbio guión de Marta. Me encantó también la parte del relevo, imprescindible siempre en estos casos cuando alguno de los afectados flaquea y otro tiene que tomar el testigo, en este caso cuando la hermana mayor (Laura weissmahr, enorme también) no puede hacer frente a la situación al quedarse embarazada. Es importante también la representación de la devastación, reflejada en un padre que aparentemente tira la toalla refugiándose en el alcohol, el tabaco, y el dejarse conducir por unas hijas que toman las riendas desde el principio. Y por último, y probablemente lo que me resultó más triste, aparece el aislamiento, autoimpuesto o impostado por la sociedad, eso nunca se sabe, en la pareja que participa directamente de la fiesta de la familia al principio de la película, y les saluda, cortés pero friamente, cuando ya se ha desencadenado la devastación.


En el coloquio posterior quedó claro que a todos nos había encantado la película. Bastantes de los que hablaron lo hicieron desde una experiencia muy similar a la que había sufrido Marta, y todos coincidieron en que la directora había reflejado muy bien el problema. En un momento del debate, surgió el problema de la poca ayuda, tanto psicológica como material, que reciben las familias afectadas por el Alzheimer. Resulta vergonzosa la manera de volver la mirada hacia el otro lado cuando nos cruzamos, tanto las instituciones como la sociedad en general, con alguien afectado, de cerca o más lejanamente, con este problema. La mayoría de los que acudimos al Zoco a participar de la experiencia de Marta estábamos más o menos sensibilizados ante la enfermedad, pero no dejamos de ser una minoría los que acudimos al cine por una razón más trascendental que la del simple entretenimiento, y me encantaría poder utilizar la expresión, que me encanta, de “una inmensa minoría”, pero me temo que no, que somos una minoría exigua. La mejor ayuda que se le podría dar a problemas como el del Alzheimer, sería proyectar la película de Marta en colegios, en universidades, en hospitales, en centros para mayores. Proyectarla una y otra vez, hasta que la vean incluso los que huyen de las realidades de la vida porque las consideran tristes, los que sólo buscan la distracción, a ser posible inmediata y sin posibilidad de reflexión, los que sólo son capaces de prestar un par de minutos de atención antes de sumergirse de nuevo en su móvil. Es un problema de ayudas, por supuesto, pero también es, sobre todo, un problema de educación. Nadie, ni de forma individual ni colectiva, en un entorno familiar, está preparado, nunca, para la inmensa losa que le cae encima cuando alguien de su entorno es diagnosticado de Alzheimer, y eso, de alguna manera, hay que asumirlo, gestionarlo y encauzarlo para que no suponga una devastación psicológica de los afectados.

Se me quedaron algunas preguntas en el tintero, que no me atreví a formularle a Marta. Una de ellas era quién era ella en la película, si Claudia o su hermana (aunque lo intuyo por el contacto de Claudia con la interpretación.  En una escena inolvidable, Julia Mascort sufre el ataque de ansiedad posiblemente mejor interpretado de todos los tiempos). También le hubiera preguntado por el estado de ánimo del padre, muy bien interpretado por Tomás del Estal. Los que me conocen, los amigos del Zoco incluidos, saben que no me corto a la hora de preguntar en esos coloquios, pero ese día, no sé por qué, no hablé.

Bueno, puede que en realidad sí sepa por qué: porque no estaba seguro de si se me iba a notar o no el nudo en la garganta que me dejó como regalo la inmensa película de Marta Matute.


Gracias a Jesús Escudero por las fotografías del evento

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